La política misma es una mujer que respira y cuando respira incomoda. No es estatua ni consigna: es cuerpo atravesado por territorio, por raza, por fe, por historia. Es una mujer que cambia de rostro en cada toma, a veces cubierta, a veces expuesta, a veces creyente, a veces furiosa. En un solo párrafo caben muchas: mi madre, mi abuela, la abuela de ella, las que vivieron el feminismo sin nombrarlo, debajo de la mesa, negociando con un sistema que no diseñaron pero que aprendieron a habitar. Somos quienes somos por la forma en que ellas resistieron, incluso cuando esa resistencia no parecía radical sino doméstica. Ese peso no es maligno, pero es distintivo; se hereda en la espalda como memoria y se transforma en pregunta. Las decisiones de una mujer no son lineales cuando están marcadas por geografía y opresión; ni existe pureza ideológica,cuando no se tiene el privilegio de elegir lo “correcto” socialmente.
He hablado antes de artistas que crean desde la fe y desde la herida, como Yo; de cómo el sentir y el crear cambian según el contexto geopolítico que nos rodea. Una mujer puede hacer política desde el arte, desde la espiritualidad, desde la contradicción misma, y aun así ser juzgada por no seguir un patrón impecable. Pero la vida no es impecable, la supervivencia no es lineal.
La mujer latina es una casa andante, hecha de mestizaje espiritual y racial, de raíces conquistadoras y memorias Afro que no se borran. Yo no soy una identidad limpia: soy espiral. En esa espiral entra la fe heredada, entra el conservadurismo que nos enseñaron, entra la rebeldía que aprendí después; y aquí el feminismo se vuelve incómodo: muchas veces, en su intento por desmontar estructuras opresoras, termina expulsando a mujeres que aún creen y habitan tradiciones que también las limitan, que no encajan en el molde progresista ideal. Pero ellas no dejan de estar atravesadas por la misma estructura sistemática; su interseccionalidad no desaparece porque su discurso no sea el esperado.
Hay contextos donde a las mujeres se les reduce la voz hasta casi desaparecerla, donde el derecho se evapora lentamente, donde lo impensable se vuelve cotidiano. La literatura para mí, es una advertencia constante: en El Cuento de la Criada, se nos recuerda que los cambios no llegan de golpe, que se instalan despacio; en La Hija de la Española, la violencia deja de ser excepción para volverse atmósfera; en La Casa de los Espíritus las mujeres cargan su historia familiar como si fuera un órgano intrínseco. No son ficciones aisladas: son espejos que se replican.
La mujer venezolana –y la mujer latina en general— ha sido tratada demasiadas veces como incubadora de crisis, como simple geopolítica con rostro bonito, como cuerpo que aguanta. Y entonces la pregunta vuelve a mí, insistente: ¿cómo lucho Yo? ¿cómo vivo mi feminismo Yo? ¿cuánto estoy dispuesta a entender de otras mujeres antes de excluirlas de mi definición?
Reconocerse mujer en este mundo vulnerable es aceptar que la identidad se construye en la grieta, no en la perfección. Un feminismo que está vivo respira, y al respirar se incomoda a sí mismo. No quiero uno que solo confronte hacia afuera; quiero uno que se mire en el espejo y soporte la contradicción, que entienda que ninguna está aislada y que preocuparse por la otra no es performance: es alma.
Alejandra Díaz es una escritora venezolana y creadora interdisciplinaria. Su trabajo explora la interseccionalidad, el mestizaje espiritual y la relación constante entre la política, fe e identidad en contextos mayormente latinoamericanos. Desde una mirada socio-poética, reflexiona sobre la memoria femenina, la geografía, el arte y las contradicciones que atraviesan el feminismo contemporáneo y el mundo moderno. Actualmente desarrolla proyectos de escritura y análisis cultural enfocados en narrativas críticas y sensibles.